Hace unos 8 años, antes de venir
a vivir a España, vivía con mi esposo y mi bebé de dos años en una zona de
montaña, mágica por demás. Comprábamos los vegetales y frutas directamente del
productor, comíamos poca carne roja y esa poca también, directa del criador a la
tienda y de allí a nuestra cocina…en fin, que mi vida iba encontrando poco a
poco las formas que mi cuerpo y mi alma necesitaban.
Luego, vino la mudanza... y todos
sus cambios. En estos últimos siete años, pasamos de ser una familia de tres a
ser una familia de cinco. Y mientras tanto, pasamos al esquema de vivir por
cuenta propia a través de una empresita familiar (qué rápido se cuenta!!!).
Entonces a nuestro hogar llegaron
muchos “recortes” particulares. Fue como un decreto de “coger aire y aguantar
hasta que salgamos a la superficie”.
En términos de alimentación, eso
significó aceptar cosas low cost en la cesta básica con el fin de llegar a
final de mes. Lo malo es que también había mucho de “low quality”. Y mucho
tiempo teniendo mucho de eso, ya sabéis, el cuerpo empieza a resentirlo. Dando
caña con un ritmo de vida a todo tren y con combustibles de baja calidad. Mala
fórmula.
Al principio, crees que la
alimentación sólo afecta el cuerpo y la salud (nada más!!!), pero por obvio que parezca, realmente SOMOS LO QUE
COMEMOS.
Así que en términos de calidad,
mi vida empezó a parecerse a mis alimentos, porque cuando no tienes la energía
y la vitalidad necesarias, ya puedes tener muchos sueños, aspiraciones y motor
interno, pero no logras terminar de arrancar o de mantenerte en la vía. Simplemente
el cuerpo no da.
Particularmente, yo tengo metas y
proyectos hasta que llegue más o menos a 89 años, por lo que lo de la vitalidad
me importa mucho!.
Así es que he decidido que quiero
empezar a vivir como siempre he pensado, antes de que empiece a pensar como
estaba viviendo.

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